Orugas de Mariposa: Enemigo Silencioso (primera parte)

Orugas de mariposa: enemigo silencioso (primera parte)

La semana pasada quedé a comer con mi pareja, mi madre y mi hermana. Entre conversación y conversación, acabamos recordando a los animales que tuvimos durante nuestra infancia.

Intentamos, sin demasiado éxito, tener un perro y un gato. En su lugar pasaron por casa un pez, varias tortugas y hasta un pollo que, contra todo pronóstico, creció más de lo esperado… y terminó convertido en el gallo de un corral.

Fue entonces cuando mi hermana mencionó algo que yo había olvidado por completo: en varias ocasiones criamos gusanos de seda. De pronto regresó a mi memoria la imagen de aquella morera de tronco inclinado a la que nos subíamos para recoger bolsas y bolsas de hojas, que después llevábamos a casa para ofrecérselas a los gusanos.

Ellos las devoraban con una voracidad asombrosa. La cantidad de hojas que podían llegar a consumir era tal que resulta fácil imaginar el enorme impacto que las orugas pueden tener en la agricultura a nivel mundial… y, por supuesto, también en nuestros bonsáis.

Gusanos de seda (Bombyx mori) en fase de oruga y de mariposa. 

También recuerdo cómo aquellos gusanos, que guardábamos en cajas de zapatos a las que hacíamos pequeños agujeros para que pudieran respirar, iban creciendo día tras día. Observábamos con curiosidad sus diminutas deyecciones, su apetito inagotable y, más adelante, el momento casi mágico en que comenzaban a tejer sus capullos de seda.

 En apenas dos o tres semanas rompían aquella envoltura, ya convertidos en mariposas, y poco después cubrían las paredes de la caja de cartón con pequeños huevos de distintos tonos, asegurando así el inicio de un nuevo ciclo.

La ruta de la seda

Permítanme detenerme un instante en este punto para referirme a la Ruta de la Seda. Se trató de una vasta red de rutas comerciales que, desde aproximadamente el siglo II a. C. hasta el siglo XV, conectó el este de Asia con el Mediterráneo. Partía principalmente de regiones de China, atravesaba Asia Central —por ciudades como Samarkanda— y llegaba hasta el mundo mediterráneo, especialmente al Imperio romano.

Más que una sola vía, fue un entramado de caminos terrestres y marítimos por los que circularon mercancías como la seda, especias, metales y porcelanas, así como ideas, religiones y conocimientos.

No he podido evitar añadir aquí un pequeño apunte, porque este tema me trae un recuerdo muy claro de mis años en la universidad. Mientras estudiaba Historia del Imperio Bizantino, me fascinó lo que podría considerarse uno de los primeros casos de contrabando y espionaje “estatal”.

A mediados del siglo VI —hacia el año 552 d. C.— dos monjes nestorianos, actuando bajo las órdenes del emperador Justiniano I, lograron introducir los gusanos de seda en el Imperio Bizantino.

Según cuenta la tradición, viajaron hasta China, donde consiguieron huevos de gusano de seda y los sacaron del país escondidos dentro de bastones de bambú huecos. Con aquel ingenioso gesto comenzó a romperse el monopolio que China había mantenido durante siglos sobre la producción de seda, cambiando para siempre la historia de uno de los productos más valiosos del mundo antiguo.

Su importancia histórica se prolongó incluso después de su declive: en el siglo XVI, el comercio transpacífico articulado por el Galeón de Manila dentro del Imperio español puede considerarse una prolongación oceánica de esas antiguas conexiones. Gracias a esta red que unía Manila con Acapulco, Asia, América y Europa quedaron integradas en un sistema comercial continuo, contribuyendo decisivamente a la primera globalización de la historia.

Al mismo tiempo, la llegada de seda en bruto —procedente de los capullos del gusano de seda— permitió el desarrollo de una importante industria sedera en España, especialmente en ciudades como Valencia, Toledo, Granada, La Vera, o el valle del Tiétar. Durante siglos, esta actividad alcanzó tal relevancia económica que llegó a rivalizar con el poder de la Mesta y la gran industria lanera castellana.

Las orugas, una amenaza para nuestros bonsáis

Hoy quiero hablarles, aunque sea brevemente, no en concreto de los gusanos de seda —y pido disculpas por desviarme un momento del tema— sino de las orugas de mariposa en general. Estos pequeños insectos, que a primera vista pueden parecer inofensivos, pero que pueden convertirse en una seria amenaza para nuestros árboles cultivados en maceta. Si no se detectan a tiempo, son capaces de devorar gran parte del follaje en muy poco tiempo, debilitando seriamente al árbol.

¿Gusanos u orugas?

Aunque en el lenguaje cotidiano solemos utilizar las palabras “gusano” y “oruga” como si fueran sinónimos, desde el punto de vista biológico no significan lo mismo. El término gusano es una denominación amplia y poco precisa que se emplea para describir animales de cuerpo blando, alargado y, por lo general, sin patas visibles. Bajo esa palabra pueden incluirse organismos muy distintos entre sí, como las lombrices de tierra, ciertas larvas de mosca o incluso parásitos internos.

La oruga, en cambio, es un concepto específico: designa exclusivamente la fase larvaria de las mariposas y polillas, insectos pertenecientes al orden Lepidoptera. La oruga posee una cabeza bien diferenciada con potentes mandíbulas masticadoras, tres pares de patas verdaderas en el tórax y varias falsas patas abdominales que le permiten sujetarse con firmeza a hojas y ramas. Además, muchas especies producen seda y atraviesan un proceso de metamorfosis completa hasta transformarse en crisálida y, finalmente, en mariposa adulta.

En consecuencia, todas las orugas pueden considerarse gusanos en el lenguaje coloquial, pero no todos los gusanos son orugas. En el ámbito técnico —especialmente cuando hablamos de plagas en bonsái o agricultura— lo correcto es emplear el término oruga cuando nos referimos a la larva de una mariposa o polilla.

Entre los llamados gusanos se incluyen distintos grupos zoológicos, como los nematodos, de los que hablaremos en próximos artículos; los platelmintos; y los anélidos, entre los que se encuentra la lombriz de tierra (familia Lumbricidae), que mostramos en la fotografía.

En la otra imagen, y como ejemplo de una oruga bien conocida por todos, presentamos la procesionaria del pino (Thaumetopoea pityocampa).

Un volumen que impresiona

Se conocen en la actualidad alrededor de 150.000 especies de mariposas. En su fase adulta rara vez representan un problema para nuestros cultivos o bonsáis; muy al contrario, suelen ser visitantes discretos y beneficiosos. Sin embargo, cuando las condiciones ambientales resultan favorables —humedades superiores al 70 % y temperaturas suaves— la situación cambia. En ese contexto, la fase larvaria puede multiplicarse con rapidez y convertirse en una plaga de considerable importancia.

En la imagen aparece la mariposa “Isabelina” o “Graellsia”, una especie actualmente protegida que puede encontrarse en la zona donde vivo, en la Sierra de Guadarrama. Considerada el lepidóptero nocturno más bello de Europa, esta mariposa estuvo en peligro principalmente debido al uso de pesticidas destinados a eliminar precisamente la oruga procesionaria.

Señales visibles: síntomas de infestación

La presencia de orugas suele delatarse por el estado del follaje. Hojas total o parcialmente devoradas, reducidas en ocasiones al nervio central, constituyen una de las señales más evidentes. También puede observarse la larva adherida a una rama o a un brote tierno, así como la aparición de finos hilos de seda entre hojas próximas.

Brotes de ullastre (Olea europaea) afectados por una infestación de la polilla del jazmín (Palpita vitrealis).

La causante de los daños de la imagen anterior es la polilla del jazmín o Margaronia unionalis, cuya larva verde consume brotes tiernos y deja tras de sí hojas unidas por hilos de seda, signo inequívoco de su actividad.

Paradójicamente, pese al perjuicio que pueden ocasionar en su fase larvaria, las mariposas adultas desempeñan un papel ecológico esencial. Al alimentarse de néctar y polen mediante su aparato bucal suctor —la probóscide— intervienen activamente en la polinización de numerosas especies vegetales.

En los extremos de los brotes es frecuente encontrar hojas unidas por seda; al separarlas, no es raro descubrir la oruga refugiada en su interior. Otro indicio característico son las pequeñas deyecciones oscuras que quedan sobre hojas o sustrato tras su paso. En especies que atacan flores e impiden su cuajado, suelen apreciarse restos de seda y daños directos en pétalos y yemas, elementos que facilitan el diagnóstico.

Comprendiendo al enemigo: aspectos biológicos y conductuales

Aunque la mayoría de las orugas se alimentan de hojas, el orden de los lepidópteros presenta una notable diversidad de hábitos. Existen especies perforadoras —conocidas como taladros o barrenillos— cuyas larvas excavan galerías en troncos y ramas, comprometiendo seriamente la salud del árbol.

 Otras, denominadas microlepidópteros, desarrollan galerías en el interior del tejido foliar; son las conocidas larvas minadoras. Conviene recordar que no todos los minadores pertenecen a este grupo, pues algunas larvas de moscas (dípteros) también producen daños similares.

Las plagas de orugas destacan por su capacidad destructiva y, a diferencia de otras afecciones, no suelen aparecer asociadas a infestaciones secundarias.

Entre los lepidópteros más perjudiciales para bonsáis y frutales se encuentra Zeuzera pyrina, un taladro de la madera que afecta con frecuencia a manzanos, perales y olivos. La larva penetra en el interior del tronco y excava galerías que pueden secar ramas enteras o incluso provocar la muerte del ejemplar. Su presencia se detecta por los orificios de entrada y por la acumulación exterior de serrín y excrementos, a menudo de tonalidad rojiza. Dado que la fase larvaria transcurre protegida dentro de la madera, los tratamientos insecticidas resultan poco eficaces en ese estadio, siendo más adecuado actuar sobre los adultos en el momento de máximo vuelo. En casos aislados, puede recurrirse a la inyección localizada de producto a través de las galerías.

  Características anatómicas de las orugas

La larva de los lepidópteros posee una cabeza bien diferenciada y desarrollada, seguida de un cuerpo segmentado. Presenta tres pares de patas verdaderas en el tórax y, en muchos casos, hasta cinco pares de falsas patas abdominales o propodios, estructuras carnosas provistas de pequeños ganchos que le permiten aferrarse con firmeza a hojas y ramas.

Muchas especies disponen además de glándulas sericígenas que producen seda, utilizada para desplazarse, protegerse o formar capullos. Tras la metamorfosis, el adulto emerge con dos pares de alas generalmente bien desarrolladas, tres pares de patas y antenas altamente sensibles, completando así un ciclo biológico tan fascinante como, en determinadas circunstancias, problemático para nuestros bonsáis.

Hemos llegado al final de este artículo, y espero que os haya resultado interesante y útil. En la próxima entrega nos centraremos en el ciclo reproductivo y en cómo combatir estas plagas, explorando los productos ecológicos, domésticos y profesionales que podemos utilizar para mantener a salvo nuestros bonsáis y asegurar su salud y belleza.

Créditos: 

Plagas y enfermedades de los bonsáis. Juli Pascual Lluís.

Fotos insectos licencia Adobe Stock Laos Garden y pixabay 

Archivo Laos Garden. 

 

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