HONGOS QUE AFECTAN A LOS BONSÁIS

Los bonsáis pueden verse afectados por hongos y enfermedades fúngicas, especialmente cuando se cultivan en condiciones de humedad elevada o con riego excesivo. En la categoría Hongos en bonsáis analizamos las principales enfermedades fúngicas, cómo identificarlas y cómo proteger tus árboles de estos problemas.

Aquí encontrarás artículos sobre los tipos de hongos más comunes en bonsáis, sus síntomas y daños, y estrategias para prevenir su aparición. También ofrecemos guías prácticas de tratamiento, incluyendo fungicidas recomendados, soluciones ecológicas y técnicas culturales que ayudan a mantener los bonsáis saludables.

Esta sección está diseñada para ayudar a cultivadores y aficionados a mantener sus bonsáis fuertes y libres de hongos, aprendiendo a actuar rápidamente ante cualquier signo de infección y a aplicar medidas preventivas efectivas. 🌿🍄

Botrytis: el hongo de los invernaderos

Botrytis: el hongo de los invernaderos. Imagen generada de un ficus infectado de botrytis y un ficus en perfecto estado de salud perteneciente a la colección Laos Garden Continuamos con nuestra serie de artículos dedicados a las enfermedades causadas por hongos en los bonsáis. Tras hablar del repilo del olivo, una patología muy común en esta especie, en esta ocasión vamos a centrarnos en uno de los hongos más conocidos y extendidos en los cultivos de bonsái: Botrytis cinerea, también llamado moho gris. La botrytis en bonsáis es una enfermedad especialmente frecuente en invernaderos y cultivos de interior, aunque también puede aparecer en bonsáis cultivados en exteriores cuando las condiciones no son las adecuadas. Uno de los aspectos que más dificulta su control es que sus síntomas pueden variar mucho, lo que hace que en algunos casos pase desapercibida en sus primeras fases. Al igual que ocurre con otras enfermedades fúngicas, como el mencionado repilo del olivo, la botrytis se desarrolla con mayor facilidad cuando existe una humedad ambiental elevada, temperaturas suaves de entre 20 y 25 °C, y una ventilación deficiente. A todo ello se suma un mal drenaje del sustrato, que mantiene las raíces constantemente húmedas y favorece la aparición del hongo. Exteriores de los invernaderos en las instalaciones de Laos Garden Estas condiciones propician el desarrollo de mohos que pueden llegar a secar parte de la ramificación más fina, debilitando seriamente al árbol. Es habitual encontrar botrytis en especies de bonsái muy populares como carmonas, ficus u olmos, que aunque son árboles resistentes, pueden verse afectados si se cultivan en espacios poco aireados o con exceso de humedad. Detectar a tiempo la botrytis y corregir las condiciones de cultivo es clave para mantener nuestros bonsáis sanos y vigorosos. En Laos Garden recomendamos como bonsái de interior únicamente el Ficus retusa y algunas de sus variedades. Esta recomendación es válida siempre que las condiciones en el interior sean adecuadas: una correcta ventilación, una buena iluminación natural y la ausencia de fuentes directas de calor.  Asimismo, se recomienda evitar el uso de platos bajo las macetas. En caso de utilizarlos, es fundamental retirar el agua sobrante tras el riego, ya que el exceso de humedad favorece la asfixia radicular y la pudrición de las raíces. Además, la presencia del plato reduce de forma significativa la ventilación del sistema radicular, un factor esencial para la correcta salud de la planta. Las macetas destinadas al cultivo de bonsái deben incorporar patas elevadas, que permitan una adecuada aireación del sistema radicular, así como orificios de drenaje amplios y bien diseñados, por los que el agua pueda evacuarse correctamente. Como ejemplo, mostramos una maceta japonesa para bonsái de la casa Bunzan, de Seto, perteneciente a la colección Laos Garden, que reúne estas características esenciales. El entorno ideal para su cultivo son los invernaderos fríos, como los que mostramos en las imágenes de nuestro establecimiento, ya que reproducen de forma más fiel las condiciones que este tipo de bonsái necesita. Otras especies que suelen comercializarse como bonsáis de interior o semitropicales —como las carmonas, los olmos y similares— en realidad no se adaptan de forma estable a estos entornos. En la práctica, solo el ficus mantiene un desarrollo saludable y constante en interior, siempre que se respeten las condiciones mencionadas. Vista interior de nuestros invernaderos durante el invierno, donde especies como los ficus y los olivos se mantienen protegidos de las heladas, garantizando su correcta conservación durante los meses más fríos. Desde el punto de vista botánico, incluso especies comúnmente utilizadas como plantas de interior, como los ficus, presentan un desarrollo óptimo en condiciones de exterior. El concepto de “árbol de interior” no existe como categoría biológica, sino que responde a una adaptación forzada a entornos controlados. La correcta ubicación de cada ejemplar depende fundamentalmente de su capacidad de adaptación a las condiciones climáticas locales. En Las Rozas de Madrid, donde se localiza Laos Garden, el clima es mediterráneo continentalizado, caracterizado por inviernos fríos con riesgo de heladas. Aunque en los últimos años estas heladas tienden a ser más breves y menos intensas, especies sensibles a las bajas temperaturas —como Ficus spp. u Olea europaea— requieren protección frente al frío durante los meses invernales más severos. El ejemplo muestra un ficus de gran porte que se mantiene en interior durante el periodo de mayor riesgo térmico y se traslada al exterior el resto del año, favoreciendo así un crecimiento más equilibrado y acorde a sus requerimientos fisiológicos. Impresionante ficus de gran porte. Colección Laos Garden Para ampliar información sobre los diferentes tamaños de macetas de bonsái, haz clic en el enlace. La infección En estos ambientes húmedos y poco ventilados el hongo responsable de esta enfermedad desarrolla su micelio en el interior de los tejidos vegetales, lo que dificulta su detección en las fases iniciales. La infección comienza cuando las esporas, o pequeñas masas de micelio con capacidad infectiva, entran en la planta a través de heridas, estomas u otras zonas sensibles. Una vez que el bonsái ha sido colonizado, el micelio se expande progresivamente por el interior, provocando la descomposición de las células vegetales y debilitando los tejidos afectados. Cuando las condiciones ambientales son favorables, especialmente con niveles elevados de humedad relativa, el hongo inicia la fase de esporulación. Durante este proceso se forman estructuras visibles en el exterior de la planta que producen y liberan nuevas esporas, facilitando la propagación de la enfermedad. Estas estructuras pueden aparecer sobre hojas, flores y tallos, por lo que la botrytis puede llegar a afectar a prácticamente todas las partes del bonsái si no se controla a tiempo. Ramas de pinos con la enfermedad muy avanzada. Síntomas de la botrytis en bonsáis Los síntomas de la botrytis en bonsáis pueden variar notablemente según la especie afectada y las condiciones de cultivo. En las fases iniciales es habitual observar la aparición de zonas amarillentas en las hojas más jóvenes, que suelen presentar deformaciones, irregularidades o pequeños abultamientos. Estas fases iniciales de la enfermedad no deben confundirse

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El repilo: el hongo que amenaza a los olivos

El repilo: el hongo que amenaza a los olivos Hemos dedicado varios artículos a los problemas ocasionados por plagas en nuestros bonsáis, como distintos tipos de insectos —entre ellos cochinillas, mosca blanca o pulgones—, así como ácaros, como en el caso de la araña roja. Sin embargo, con el tema de hoy iniciamos una nueva serie destinada a esclarecer uno de los temas que más preocupa en cuanto a las enfermedades de nuestros árboles: los hongos. Hace unas semanas recibí la consulta de un buen cliente, Pedro Martín, de Gijón. No es la primera vez que hemos atendido alguno de sus árboles: en otras ocasiones ha tenido problemas como una plaga de chinche de encaje en sus azaleas o cochinillas en un ficus retusa. En esta última oportunidad me envió una fotografía de las hojas de su olivo, que lamentablemente está infectado con el hongo que nos ocupa hoy: el repilo u “ojo de gallo”. La fotografía de la portada, en la que se aprecian claramente los daños causados por este hongo, fue la que me envió. Los olivos: un cultivo milenario Entre los siglos X y VI a.C., fenicios y griegos llegaron a las costas de la antigua Iberia atraídos por las posibilidades de comercio —especialmente de metales— con los pueblos locales. Con el tiempo establecieron factorías a lo largo del litoral: de manera aproximada, desde la zona de Murcia hacia el sureste predominó la presencia fenicia, mientras que desde Murcia hacia el noreste lo hizo la griega. Fueron estos pueblos foráneos quienes introdujeron la escritura, gracias a la cual la península ibérica pudo iniciar su etapa histórica. Asimismo, trajeron consigo la moneda y cultivos como la vid y el olivo, este último objeto de nuestra atención hoy. Permítanme detenerme un instante en este punto y presentar un ejemplo que ilustra con claridad la trascendencia que el olivo ha tenido desde aquellos tiempos hasta los nuestros. Resulta curioso comprobar cómo ciertos símbolos atraviesan los siglos y siguen acompañándonos hoy. Un buen ejemplo de ello es la comparación entre el famoso tetradracma ateniense, conocido como la “moneda de la lechuza”, y algunas monedas actuales de euro que recuperan esa misma imagen. En el tetradracma ateniense, acuñado principalmente a partir del siglo V a. C., aparece representada una lechuza acompañada por una luna creciente y una pequeña rama de olivo. Este conjunto de símbolos condensaba buena parte de la identidad de la ciudad de Atenas: la lechuza, asociada a la diosa Atenea, simbolizaba la sabiduría; la luna creciente aludía a la protección divina; y la rama de olivo evocaba la prosperidad y la paz. Más de dos mil años después, esa misma lechuza vuelve a aparecer en una moneda moderna: la pieza griega de un euro. Aunque separadas por siglos de historia, ambas monedas comparten un mismo lenguaje simbólico. Los olivos cultivados como bonsáis Desde entonces, y hasta nuestros días, el olivo es una especie emblemática del paisaje mediterráneo, donde no solo abunda, sino que, como hemos dejado patente, también posee un profundo valor simbólico. En el arte del bonsái, pueden emplearse tanto variedades usadas para su cultivo —capaces incluso de producir frutos— como acebuches (Olea europaea var. sylvestris), muy apreciados por su tendencia a desarrollar hojas pequeñas y proporciones armoniosas. Dos instantáneas de un espectacular ullastre que destaca por su elegante movimiento, su magnífica madera muerta y su imponente tronco: una pieza extraordinaria perteneciente a la colección de Laos Garden. El bolígrafo junto al árbol sirve como referencia para apreciar su tamaño. Además de su belleza natural, el olivo destaca por otras cualidades que fascinan a los aficionados: la presencia de jin, shari y cortezas rugosas o abotonadas, signos de vejez y resistencia frente a condiciones adversas. Su facilidad para enraizar y su vigor hacen de esta especie una de las más adecuadas y gratificantes para trabajar como bonsái. Detalle de los característicos “botones” de la madera, así como de las zonas de jin y shari presentes en el mismo ejemplar. El repilo del olivo Los olivos cultivados como bonsái son susceptibles a diversas enfermedades y plagas propias de la especie. Entre ellas destaca el glifodes (Palpita vitrealis), también conocido como “polilla del jazmín”, cuyo gusano se alimenta de las hojas tiernas. Otra plaga común es el otiorrinco (Otiorrhynchus cribricollis), un coleóptero de la familia Curculionidae, cuyos adultos dañan los brotes jóvenes y las yemas, dejando marcas características en las hojas. Dedicaremos algún artículo a estos coleópteros en futuras entradas.  Rama de un acebuche que muestra los estragos producidos por la «polilla del jazmín». Archivo Laos Garden Asimismo, existe una bacteria responsable de la tuberculosis del olivo, tema que igualmente abordaremos en futuras publicaciones. Finalmente,  una de las enfermedades más habituales y reconocibles de esta planta: el repilo del olivo. El repilo del olivo se manifiesta inicialmente mediante la aparición de manchas circulares de color amarillento, pardo o verdoso en las hojas, con un diámetro que suele oscilar entre 3 y 15 milímetros. Cuando la infección alcanza el pecíolo, interrumpe la circulación de savia y provoca la caída prematura de las hojas. La defoliación es, de hecho, una de las consecuencias más graves de esta enfermedad, ya que puede reducir drásticamente el vigor y la vitalidad del árbol. En las regiones de clima mediterráneo, las esporas del hongo encuentran condiciones ideales para germinar durante la primavera y el otoño, con temperaturas óptimas comprendidas entre los 12 °C y los 20 °C. Para su control, los tratamientos preventivos a base de cobre aplicados en ambas estaciones resultan altamente eficaces. En casos de infecciones severas, también pueden emplearse fungicidas sistémicos que actúan de forma más profunda contra el patógeno. Fotografía gentileza de Pedro Martín. La resistencia al repilo varía considerablemente entre las diferentes variedades de olivo. Las destinadas a la producción de fruto —como Arbequina, Cupresina o Picual, frecuentemente empleadas también como bonsáis— suelen ser más propensas a sufrir esta enfermedad. En cambio, los olivos silvestres, utilizados igualmente en el arte del bonsái, muestran una tolerancia mucho mayor, aunque no están completamente

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